Ayunando, gimiendo y llorando por la Iglesia

Arzobispo Aquila

Foto de Pier_re/ Flickr

“Volved a mí de todo corazón, con ayuno, con llantos, con lamentos. Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved a Yahveh vuestro Dios, porque Él es clemente y compasivo, tardo a la cólera, rico en amor, y se ablanda ante la desgracia. (Joel 2:12-13).

Con estos versículos del profeta Joel, la Iglesia comienza la observancia de la Cuaresma el Miércoles de Ceniza. Estos 40 días son dedicados a la purificación de nuestros corazones, buscando la gracia de Dios para regresar a Él y prepararnos para la pasión, muerte y resurrección de Jesús. En un sentido, la Cuaresma engloba en 40 días el itinerario de toda vida cristiana. Experimentamos la amargura del pecado y sus consecuencias, en cambio acudimos a Dios en busca de ayuda y recibimos así el don de la resurrección.

Estos días la Iglesia está siendo sometida a una purificación a una escala mucho mayor. A medida que nos hacemos más conscientes del impacto y del alcance del abuso sexual en la Iglesia y en la sociedad, se hace evidente para todos los católicos y personas de buena voluntad la necesidad de llegar a Dios el Padre con su poder de sanación y de perdón.

Durante el 2018 celebré cuatro misas en reparación por los pecados cometidos por el clero y lo sigo haciendo en misas privadas. Oro por todos aquellos que han sido abusados sexualmente. Cuando finalizaban estas celebraciones, escuché a algunas víctimas que no fueron abusados por sacerdotes sino por otras personas. Ellos estuvieron muy agradecidos por tener la oportunidad de orar por la sanación y por saber que otros han orado por ellos. Ha sido evidente la acción de la gracia de Dios al ayudar a las personas a perdonar a aquellos que les han herido.

En algunas reuniones con otras víctimas, he visto que ocurre lo mismo. Es solo cuando ellos perdonan a sus perseguidores – como Jesús nos lo mostró desde la Cruz – que encuentran la libertad y la sanación duraderas.

Como lo mencioné en mi última columna, las tres diócesis de Colorado han entrado en un acuerdo con el Fiscal General y están trabajando en el lanzamiento de un programa de compensación a las víctimas de abuso sexual para facilitar el proceso de sanación.

No podemos negar la importancia de la gracia de Dios y tampoco la manera como Él guía este proceso. He establecido para este primer viernes de Cuaresma una jornada de oración y ayuno en la arquidiócesis, a partir de este año y en adelante. Les invito a que se unan en este día de penitencia por la sanación de las víctimas de abuso sexual en reparación por los pecados cometidos en contra de ellos, especialmente por aquellos perpetrados contra menores.

Recientemente he leí Libro de Gomorra de San Pedro Damián, un benedictino que vivió entre 1007 y 1072. Este libro fue escrito al papa San León IX durante el tiempo en el que el clero estaba moralmente laxo y la autoridad de los reyes y líderes de la Iglesia estaba colapsando. Este libro me recuerda que el pecado no es un problema moderno, y también me hace ver que Dios puede verdaderamente sanar los efectos del pecado.

Como arquidiócesis, debemos continuar nuestros esfuerzos para traer sanación a las víctimas de abuso. La Cuaresma nos trae una perfecta oportunidad. Durante estos 40 días abramos nuestros ojos y nuestros corazones fijos en Jesucristo y oremos de manera específica por la sanación personal y colectiva y por la conversión de nuestra Iglesia.

Que el Padre nos ayude a crecer en santidad para que cada persona pueda venir a conocer el amor curativo de Jesucristo quien “ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados”.  (Is 53. 5).

Traducido del original en inglés por Carmen Elena Villa

@Calenvilla

 

Próximamente: ¿Cómo puedo perdonar a alguien que me ha hecho daño a mí o a un ser querido?

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Todos sufrimos, de vez en cuando, situaciones de injusticia, humillaciones, rechazos, ofensas, maltratos, abusos y agresiones, que nos provocan reacciones de resentimiento que llegan hasta el odio y deseos de venganza. A veces las sufrimos, pero a veces somos nosotros los que las infringimos. En ocasiones necesitamos perdonar y frecuentemente necesitamos ser perdonados.

El perdón nace de uno, de una decisión que toma uno, algo interno que uno elige. Pero perdonar no es automático y no es cuestión de solo querer hacerlo, muchas personas querrían perdonar pero no pueden hacerlo, como muchos también querrían ser ricos y no solo por desearlo ya lo lograron. Así el perdón: no basta con desearlo, hay que trabajar para ello. Primero que nada se deben cultivar virtudes en la vida como: el amor, la comprensión, la generosidad, la humildad, la misericordia, el abrirse a la gracia de Dios, por mencionar algunas. Por lo tanto, el poder perdonar es consecuencia no solo de un deseo sino de una vida virtuosa como lo requiere nuestra fe Católica.

Jesús nos dice que debemos perdonar hasta setenta veces siete, que es decir prácticamente siempre:

“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt 18:21-22).

El perdón se ha convertido en nuestra sociedad en señal de debilidad y cobardía, pero la verdad es que sólo es capaz de perdonar quien tiene grandeza de corazón, y el mejor ejemplo lo encontramos en Jesús; el perdón es esencial para cristianismo y para el verdadero amor. Es necesario perdonar a los demás, para poder ser completamente libre. Si no somos capaces de perdonar seguiremos viviendo aferrados al pasado; vamos arrastrando resentimientos que nos oprimen el corazón sin ser capaces de amar porque alguien nos engañó, sin ser capaces de confiar porque alguien nos traicionó, sin ser capaces de aceptar a los demás porque alguien nos rechazó; en definitiva, sin permitirnos crecer ni ser felices, sin tener paz en el corazón ni alegría en el espíritu, sin tener luz ni disfrutar de la vida.

Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. Superar las ofensas es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida.

Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida y ponerse en el camino de la salvación:

“Porque si ustedes  perdonan a los hombres sus ofensas, los perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres sus ofensas, tampoco su Padre los perdonará a ustedes ofensas” (Mt 6:14-15).

 

Image by Daniel Reche from Pixabay